Orgulloso de su origen chaqueño, rezuma los sonidos y colores de su pago chico en cada obra que crea. Debuta este mes con una compañía propia a la que bautizó Raza y que integran sólo varones, tanto en el cuadro artístico como técnico

 

Nicolás Chávez contagia la energía de un chico. Habla de sus proyectos con un entusiasmo sincero y con la seguridad de quien avanza hacia una meta muy precisa. Y aun cuando le toca recordar situaciones no tan gratas de su vida lo hace con una ternura que aliviana la carga. Lo acunó el rumor del Paraná en el puerto chaqueño de Barranqueras (había nacido en Resistencia, la capital) y aquel paisaje natural con olor a mandarinas quedó grabado en la profundidad de sus ojos para siempre. Dos meses atrás montó su primera coreografía (Rizoma) para el , que dirige , y siente la necesidad de destacar la actitud de ese grupo humano ante el hecho artístico, que es también la suya. “Esos bailarines, ¡qué increíbles! Con sólo estar parados ya te cuentan algo. En los ojos tienen el río, en las manos el algodón y la vegetación, y en los pies tienen arcilla. Algo de todo eso me abrió a mí las puertas de Buenos Aires, yo no perdí nunca el paisaje. Y cuando noto que me alejo del verde, que el cemento me está comiendo, me voy otra vez para el Chaco. Cuando siento que el humo y el ruido de las bocinas me aturden tengo la necesidad de volver para sacarme las zapatillas y andar libre, descalzo. Es algo que no logro controlar”.

Desde niño tuvo claro que lo suyo era “romper estructuras”, cuenta, y aunque le hubiese gustado estudiar técnica clásica o acrobacia, la compleja realidad de un hogar que sólo su madre se puso al hombro lo llevó a aprender danzas folklóricas, como casi todos los de su edad. Aun así, supo desmarcarse: investigó, leyó mucho, se acercó a maestros y bailarines interesados en desentrañar el sentido de la danza. “Esa búsqueda me sirvió para no sentir la necesidad de pertenecer a un sistema estricto. La danza es vida y por eso mismo no hay una única escuela ni una sola forma de verla”, sentencia. Fue esa curiosidad la que lo empezó a alejar del folklore y lo acercó al contemporáneo, “donde el límite no está en una regla o en la opinión de un jurado sino en el propio vuelo y en el gusto del público”.

 

Nuevo Desafío

Apenas terminada la escuela secundaria viajó a Buenos Aires para tentar suerte en el . Y aunque no quedó seleccionado asegura que en ese mismo instante supo que algún día el teatro le abriría las puertas, lo que ocurrió el año pasado cuando secundó a Analía González en el montaje de la obra Hasta Siempre para la compañía mayor. Mientras tanto no se frustró: cursó una carrera universitaria, viajó a Japón como bailarín de folklore y se sumó luego al elenco contemporáneo del Chaco interviniendo en piezas de , Facundo Mercado y Carlos Trunksy, entre otros coreógrafos.

La insistencia de esos maestros lo animó a volver a probarse en Buenos Aires y ya no tuvo dudas de que era esto lo que quería para su vida. Cada peldaño, en el circuito comercial como en el independiente, fue un desafío placentero para él: El Gran Final (dirigido por Gustavo Wons), Stravaganza, ShowMatch, Susana Giménez, y el trabajo constante en la Compañía en Movimiento (CEM) de Analía González, a quien quiere y admira. Desde abril próximo será parte del elenco de Sugar, otra vez a las órdenes de Wons.

Pero antes de eso tiene un compromiso mayúsculo, que lo desvela. En dos funciones (el pasado lunes 5 y el 12 de diciembre), en el teatro El Cubo, estrena el primer espectáculo de su propia compañía de danza, a la que bautizó Raza y que tiene la particularidad de estar integrada, tanto en lo artístico como en lo técnico, únicamente por varones.

“Me gustó ese nombre porque remite a una etnia nueva. El hecho de tener nueve varones me permite romper estructuras en cuanto a coreografías que se cree que sólo pueden interpretar las mujeres. ¿Por qué un hombre no puede encarnar a Evita o personificar La Muerte del Cisne? En definitiva, el mensaje es el mismo, el sexo es lo de menos. Quiero saber qué pasa con esta fuerza masculina que invade todos los aspectos de la obra”, justifica.

 

La Naturaleza

El programa del debut, titulado Fusión, reúne creaciones de Chávez y de tres coreógrafos invitados: Facundo Mazzei, Juan José Marco y . Cada uno de ellos trabajó con un elemento de la naturaleza: Ibarra con el fuego (la pasión), Marco con el aire (en un cuento que refiere a Adán y Evo, o Adán y el Ego), Mazzei con el agua (que asfixia pero también bendice) y Chávez con la tierra (como si se tratara de un regreso a sus orígenes). Componen el elenco Alejandro Ordóñez, Daniel Sciarrone, Ariel Juin, Federico Ferreyra, Gustavo Ronchi, Tomás Martínez, Iñaki Iparraguirre, Pedro Vega y Jonathan Agostinelli. El diseño de iluminación lleva la firma de David Seldes, el diseño escenográfico digital es de Pablo Tesoriere, el vestuario, de Javier Ponzio, y la producción general, de Agustín Medina Vives.

“Soy lanzado, atrevido, golpeo puertas, no espero a que me llamen -admite el director-. Siempre les digo a mis alumnos: sueñen en grande, porque todo esto que me está pasando yo lo soñé alguna vez. Vengo de una familia muy humilde donde a veces no había para comer, pero la vida me devuelve a cada paso lo que sembré. Por eso no reniego de mi raíz. Mi baile tiene un color, una textura especial, y el rumor del río. Nunca abandono el paisaje aunque esté coreografiando jazz o contemporáneo. En mis clases se baila una zamba o un rasguido doble, y suena Michael Bublé hermanado con Raúl Barboza”.

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Daniel Sousa

Licenciado en Periodismo (USAL). Integra desde hace dos décadas la redacción del Diario La Prensa y colabora en las revistas Fortuna, Buenos Anuncios, y en el Diario Perfil. Asesora a diversas empresas y proyectos artísticos en materia de comunicación. Escribió en las revistas Ohlanda, Buzz y Off. Ligado a la danza desde su niñez, fue miembro del Ballet Salta y realizó giras al exterior con distintas compañías de tango y folklore.