Victoria de Arena

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Álvarez Vleminchx y Belén Arena. Foto: Candelaria Frías

El hilo se corta por lo más fino, quizá un expresión que ya dice lo que generalizó en 1949 Edward Aloysius Murphy (la famosa ley que lleva su nombre), recuerda que quien padece lo feo de ciertas circunstancias de la vida siempre es quien es más débil.

Mis Días sin Victoria, texto, interpretación y dirección de , es una performance que se reestrenó en el

 

Acompañan a Arena: en danza, Gabriela de León Speranza y Manuela Suárez Poch en performance y Soledad Jordán, Jazmín Levitán y Florencia Tangel como boleristas.

El espectáculo, que se ofrece en la Capilla del Centro Cultural Recoleta, entrega, ya en la entrada de la sala, una intervención performática. Una Frida Kahlo observa a la concurrencia que entra. Está de pie junto a un tablero donde hay imágenes, notas, apuntes, dibujos y algunos blíster de medicamentos. Todos elementos que ilustran, y son parte, de lo que el trabajo trata: documentar, entre la idea de diario y exposición abierta, el padecimiento por un fracaso amoroso de la protagonista.

La anécdota, con segmentos autobiográficos, redunda en esa frustración de amor, colapso potente que incluso, como se cuenta en el desarrollo, ocasionó intentos suicidas. Arena, en rol de directora, intentó construir una obra con una intérprete, la tal Victoria, y en el ínterin se enamoró de la muchacha. A pesar de algunos escarceos positivos la cosa no prosperó y, como dice Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal.”, y salió mal.

El desarrollo performático incluye, además de lo indicado en la recepción a la sala, vino y viandas para los concurrentes, un pequeño recital de boleros que, obviamente, hacen al asunto amoroso, monólogos que narran la historia y ejecuciones de danza, eminentemente físicas y potentes.

Lo que domina la pieza es la crudeza, conjugada con humor, por supuesto ácido y despiadado.

Como aquella obra original, con la tal Victoria, nunca pudo ser realizada, Mis Días sin Victoria se erige como un intento de dar cuenta de la imposibilidad, tanto de aquella obra como del amor, imposibilidad que, en apariencia paradójica, sin embargo es la posibilidad efectiva de componer el trabajo.

Lo que duele, el reconocimiento de los momentos deliciosos y los desagradables, la expectativa quebrada que arrastra otras formas de fracaso (cuando algo se frustra, como en cadena, reaparecen las otras laceraciones con que se anda cargando), esto es, negatividades que se transitan en la vida, son expuestas sin ambages. Y es justamente este darse sin vueltas, sin ocultamientos, este abrirse a poner toda la carne al asador lo que carga de notable vitalidad el espectáculo. Si bien es el dolor el eje dominante, la potencia con que es expuesto, más la mirada sardónica a veces, tierna otras, recupera un sentido afirmativo.

En función, de León Speranza compuso una fría y enérgica Frida Kahlo, mientras que Jordán, Levitán y Tangel dieron amable musicalidad. Por su parte, Arena sostuvo en sus acciones, danzas e impromptus el discurso de su ágil texto y aportó esa fuerza que se señaló. Se destacó el trabajo de Álvarez Vleminchx, quien alcanzó picos de expresión de gran potencia y momentos de introspección muy sutiles.

Mis Días sin Victoria, en su misma crudeza y densidad temática, logró exponer el peso enorme que queda en la arena de la memoria y el cuerpo de lo que fracasó para alguien, pero con un signo afirmativo, de victoria, en tanto se plantó (y se planta) como obra artística.

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Román Ghilotti
Actor, director, coreógrafo, dramaturgo, escritor, poeta. Prof. de teatro. Prof. de expresión corporal. Prof. de composición coreográfica (UNA). Periodista, crítico (Balletin Dance).