En el marco de la Bienal Internacional de la Perfomance (BP17), presentó ZonaZero el 21 de junio en Fundación Proa, un diálogo con la obra del pintor francés Yves Klein

 

Hijo de japoneses, Magy Ganiko nació en La Boca. Estudiaba música y pintura pero la necesidad de una relación más directa con el cuerpo lo acercó al teatro y a la danza. En el año ´86 vio a Kazuo Ohno en el Teatro San Martín y esa experiencia fundamental lo decidió a viajar a Japón. Allí se quedó siete años y medio. Luego estuvo un año en Hong Kong y diez en Francia donde también estudió cine. En 2012 decidió retornar a la Argentina e instalarse nuevamente en el barrio, a pocas cuadras de la tintorería fundada por sus abuelos. Muy cerca también de la Fundación Proa donde recientemente presentó ZonaZero, un diálogo con la obra de Yves Klein.

“Lo único que yo conocía de Yves Klein era su relación con el azul -señala Ganiko- pero su trabajo es complejo y profundo. En general cuando se hace un homenaje a este artista se rememora la performance, el cuerpo pintado, las antropometrías sobre tela. Pero yo empecé a encontrar en él una cosa muy interesante sobre el vacío. En la famosa foto del salto, él dice: “voy con mi propio cuerpo, para pintar el espacio”. Ahí ya se encuentra con conceptos de performance y danza, creó el teatro del vacío. Encontré ciertas cosas que yo mismo venía trabajando, una relación muy espiritual con el espacio, dice: “el espacio está pleno, devuelve cosas”. Entonces propone un intercambio, vende un espacio donde pueda subyacer potencialmente una creación y lo cambia por barritas de oro, hace una transacción material y espiritual al mismo tiempo. En el sur de Japón están los lugares sagrados, Utaki. Una vez encontré un paquete de cigarrillos nuevo, cerrado. Yo pensé “alguien se olvidó” pero mi asistente me dijo “alguien lo dejó como ofrenda porque éste debe ser un lugar donde se siente bien”. Así comencé a entender esta cuestión de un espacio que responde”.

 

¿Eso es Zona Zero?

“El inicio del trabajo coincidió con el nacimiento de mi hijo. Las primeras semanas yo lo observaba y veía su cuerpo temblando, luchando por adaptarse a la gravedad, y yo me dije “esto es la zona”. El bebé viene de un espacio acuático y seguro, y en menos de un minuto pasa al vacío, a una zona seca e inestable. También tomé este concepto de zona que dice: “no es un lugar para paseos, sólo los desesperados pueden entrar en la Zona”. Mi padre estuvo en Hiroshima después de la bomba. Hiroshima ocurre un día hermoso y despejado, y en menos de un minuto, la vida de esta gente cambió completamente; el paisaje cambió totalmente de un momento a otro. Lo mismo que le pasa al bebé”.

¿Cómo lidia con la fugacidad del hecho performático?

“Klein hablaba de la inmaterialidad y por oposición se presenta la materialidad: el concepto de materia, dinero, valor: valor del arte. Los pintores tienen un objeto que está y se puede vender pero el coreógrafo no tiene el valor agregado del objeto. En ese sentido somos desamparados, es como si tuviésemos que pintar el cuadro constantemente. Por eso es que el trabajo de la danza y del coreógrafo es un acto heroico; crear constantemente cosas efímeras que nunca obtendrán el valor que se le debería dar. Esto me lleva a valorar el concepto de Klein en ese acto de vender el espacio. Es lo mismo que hace un coreógrafo: inventa, crea, llena algo que está oculto en el espacio y lo ofrece. ¿Cuánto cuesta ese trabajo increíble y constante? Yo creo que hay algo fenomenal en que un coreógrafo presente su trabajo y pueda mantenerlo en el tiempo, es una pena que dure un mes o algunos meses. Creo que no hay un mercado claro al respecto. Klein abre un concepto al crear un valor material para el arte. En Argentina estamos muy acostumbrados a la inestabilidad de las cosas, esa permanencia casi no existe.

 

El propio Butoh

Cuando Magy Ganiko vió por primera vez a Kazuo Ohno, no tenía idea de lo que era el Butoh -en realidad, asegura que aquí, por aquella época, muy poca gente lo sabía- pero algo de ese encuentro lo cautivó de inmediato. Fue en Japón donde comenzó su entrenamiento. La distancia le permitió verse y ver también su país de otra manera. “Fue un encuentro con mis raíces y me tocó entenderme corporalmente un poco más -reflexiona Ganiko-. Allí comencé a estudiar y bailar junto con la compañía de Kazuo y eso me fue llevando a otros lugares, enterarme quién era yo artísticamente. Bueno, es una búsqueda que no se termina”.

¿Qué es para usted el Butoh?

“Una vez en clase de Kazuo una chica Japonesa me hizo esa misma pregunta, y yo le dije ¿por qué no se lo preguntas directamente al maestro? Kazuo Ohno la miró y dijo: ¿Qué será?. No había ironía en su respuesta, realmente estaba en constante cuestionamiento. Él tenía su propia idea de la creación, de lo que era danzar. Minetras que Tatsumi Hijikata el otro fundador, formateó lo que es el cuerpo de la danza Butoh, Kazuo Ohno no quería ninguna forma, ninguna técnica. Eran muy complementarios y muy opuestos”.

“El término Butoh siempre me mete en problemas, pero mi estudio fue sobre ciertos conceptos de Kazuo Ohno en los que quería indagar: cómo llegó a su mundo creativo y cómo lo desarrolló. Yo quería bailar eso que no sabía, y de esa manera se fue abriendo mi propia investigación. Hay gente que dice que lo que hago es Butoh, y otros dicen que no. Es lo mismo con mi nacionalidad: en Argentina siempre fui “El Japo”, pero en Japón era “El argentino” y en Paris obviamente era un extranjero. Tal vez esa no definición sea mi definición. ¿Cómo se llama esto que hago? Yo todavía no lo sé, espero que después alguien de afuera me lo pueda decir”.

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Gustavo Friedenberg
Gustavo Friedenberg, es técnico en Medios de comunicación y Licenciado en Composición Coreográfica, además de actor bailarín y director. Formado en Argentina y el extranjero, ha recorrido varios países trabajando para diferentes compañías, a la par que desarrollando sus propios proyectos (EEUU, Europa, Sudamérica y el Caribe). Como bailarín se ha dedicado profesionalmente al flamenco, desempeñándose también como docente de técnica y composición.