No ver, no escuchar, ni decir el mal

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Intérpretes: Matías Ibañez, Lucas Maíz y Antonio Morales

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Fotografías: Mariano Militello

Alejado de las convenciones de la escena independiente porteña, el coreógrafo y director estrenó Sansaru: una pieza para tres monos.

Para quienes no lo conocen, el maestro, coreógrafo y director es argentino e hijo de japoneses. Vivió cerca de 20 años en el extranjero, entre Francia, Corea y Japón, donde integró la compañía del reconocido Kazuo Ohno, uno de los creadores y mentores del butoh. Tal vez sea su origen oriental o la mística que envuelve a esa danza, pero algo de todo esto le confiere un misterio que hace que recibamos con cierto impacto su perfecto castellano rioplatense; es que Magy es, también, el padre de su pequeño hijo, el nieto de los tintoreros, el que vive y trabaja en el barrio de La Boca; Miguel.

Y con más o menos sutileza, todos estos rasgos están presentes en cada una de sus obras, comenzando por su recurrente manera de constituirse a sí mismo en personaje y de estar a la vez dentro y fuera de esos universos que construye. Como si pudiera observar y al mismo tiempo observarse, o bien, bucear en su propio inconsciente para hacernos partícipes del mismo, tal vez porque ha comprendido que algunas respuestas sólo pueden emerger a través del acto creativo de nombrar.

Magy Ganiko, coreógrafo y director de Sansaru.

Sin embargo, la presencia del Ganiko no se impone en Sansaru, ni deberíamos decir que el componente biográfico es el eje principal de la obra, de hecho, la pieza sucede a través de tres intérpretes de magnética presencia: Matías Ibañez, Lucas Maíz y Antonio Morales. Imposible decidir si son jóvenes o viejos, si son de linaje indígena, oriental u europeo, si los personajes que componen son humanos evolucionados o si conservan el instinto primate como si hubiesen desarrollado su propia sociedad gregaria al margen de los vaivenes de la cultura moderna. Lo mismo ocurre al intentar definir el tipo de danza que ponen en juego. Si bien impera cierto registro expresionista que podría remitirnos al butoh –y desde luego, la presencia del director e intérprete nos hace pensar en ello–  lo cierto es que el tipo de movilidad de los bailarines da cuenta de una búsqueda propia alimentada con recursos tan variados como el mimo o el hip-hop. Más que una única calidad, hay una construcción común que les permite profundizar en sus estilos personales y definir su carácter físico individual al mismo tiempo que dan cuerpo al universo que les es común.

La pieza nos hace atravesar situaciones radicalmente diversas: la música compuesta e interpretada en vivo por Germán David Rizo y las voces en directo nos proponen un viaje inicial que pareciera adentrarnos en una selva misteriosa con notas del riachuelo. La danza es por momentos robótica, en ocasiones sinuosa,  siempre dejando ver que hay algo más profundo que la sostiene y dando espacio a situaciones individuales así como a las más bellas imágenes a través de un cuerpo compuesto por tres. Y en sintonía con esa variedad de climas se presentan giros inesperados que, como espectadores, nos devuelven al presente y nos recuerdan que, aun el cuerpo de la ficción se sostiene sobre una base inevitable de realidad.

Bellas imágenes a través de un cuerpo compuesto por tres.

Así Ganiko se permite guiarnos a través de su propio universo poético y traernos de vuelta en un instante y sin aviso, al incorporar hechos de nuestra vida cotidiana como la popular serie El juego del calamar o la catástrofe de Hiroshima. También se pregunta acerca del amor, pero no tanto en su dimensión romántica como en su sentido empático: ese que dejamos de experimentar como sociedad cuando nos convertimos en entes que no vemos, no escuchamos ni denunciamos, o bien, que reproducimos irresponsablemente una serie ilimitada de aseveraciones que se ven reflejadas en el modo en que nos vinculamos entre personas, con otro seres y con el planeta que habitamos.

Sansaru es una palabra japonesa que significa “tres monos”, y esa figura triple es un elemento en nuestro inconsciente colectivo que siempre nos invita a pensar. Los simios son una especie controvertida: demasiado humanos para ser animales pero demasiado animales para ser humanos. La semejanza con nuestra naturaleza seduce lo mismo que espanta y Ganiko parece preguntarse qué es lo que nos hace humanos o, por el contrario, eso que nos convierte en la más nociva de las bestias. Tal vez por eso busca respuestas en el cuerpo y en la danza, con la ilusión de que su esencia nos revele un significado más fiel y más antiguo que la palabra.

Sansaru es una palabra japonesa que significa “tres monos”.

Sansaru se presenta los viernes 16, 23 y 30 de septiembre a las 22hs en AÉREA Teatro Bartolomé Mitre 4272, CABA.