
La presentación de la Temporada 2026 del Complejo Teatral de Buenos Aires, realizada en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, dejó en claro la ambición institucional por reforzar la proyección internacional del organismo. Con la presencia del jefe de Gobierno porteño Jorge Macri, la ministra de Cultura Gabriela Ricardes y el director general Alberto Ligaluppi, el acto combinó anuncios estratégicos, fragmentos escénicos y adelantos de una programación vasta y diversa.
El discurso oficial insistió en una idea ya conocida pero siempre necesaria: la cultura como inversión y no como gasto. Macri subrayó el rol del teatro como espacio de identidad, pensamiento crítico y formación, mientras que Ricardes enfatizó el valor de la producción, la colaboración y el intercambio, poniendo en diálogo al Teatro San Martín con el Teatro Colón y con instituciones internacionales como los Teatros del Canal de Madrid.
La escena se animó con momentos de alto voltaje simbólico, como la lectura de Leonor Manso de un texto de María Casares sobre el riesgo vital del actor, o la aparición de Lucía Bargados y Rubén Rodríguez, bailarines del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, quienes interpretaron el dúo Romance del Diablo como anticipo de Stekelman en tres tiempos, programa homenaje a una de las grandes coreógrafas argentinas.

Sin embargo, ese gesto hacia la danza contemporánea no alcanzó para disimular una omisión difícil de justificar. El Ballet Contemporáneo, elenco estable de la casa, transita el umbral de su 50° aniversario y, lejos de ocupar un lugar central en la presentación, quedó reducido a una participación casi decorativa. Resulta llamativo —y preocupante— que una compañía con medio siglo de historia, con una temporada integrada por coreógrafos internacionales de altísimo nivel, con dos giras programadas a Rusia y con un Premio Martín Fierro en su haber, haya sido virtualmente ignorada en un acto que celebró, con entusiasmo, la internacionalización del Complejo.
El contraste es evidente: mientras se destacan convenios, coproducciones y giras —valiosas, sin duda—, se pasa por alto a uno de los cuerpos artísticos más sólidos y prestigiosos de la institución, que no solo representa un patrimonio histórico sino también una plataforma activa de creación contemporánea. En tiempos en los que tanto se habla de identidad, resulta paradójico que el Ballet Contemporáneo no haya sido mencionado con la relevancia que su trayectoria y su presente ameritan.

En el plano de los anuncios, Ruperto Medina, director de los Teatros del Canal de Madrid, confirmó la llegada de producciones españolas; Joaquín Furriel adelantó la proyección internacional de La verdadera historia de Ricardo III, incluyendo una versión cinematográfica y una gira que alcanzará Shanghái; el regreso del jazz al Teatro San Martín, mediante un acuerdo con el Lincoln Center de Nueva York, y la coproducción de óperas de cámara junto al Teatro Colón reforzaron la narrativa de apertura y cruce de lenguajes.
La presencia de Elena Roger, interpretando Canción de Alicia en el país, funcionó como uno de los momentos más emotivos de la tarde, anticipando Invasiones I. No bombardeen Buenos Aires, musical que se perfila como una de las grandes apuestas de la temporada. A esto se suman proyectos dirigidos por figuras como Helena Pimenta, Marilú Marini, Daniel Veronese y Mariano Pensotti, entre muchos otros, configurando un mapa teatral amplio y atractivo.

El cierre, con un fragmento de Romeo y Julieta. Ópera urbana, reafirmó la voluntad de dialogar con lenguajes jóvenes y públicos ampliados. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿por qué ese gesto de apertura no se extiende con la misma convicción hacia el Ballet Contemporáneo, un elenco que no necesita ser descubierto sino reconocido?
En este contexto, y considerando el nivel de profesionalismo, compromiso y responsabilidad institucional que sostiene el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín desde hace décadas, se vuelve ineludible abrir una discusión postergada. En el año previo a su 50° aniversario, con giras internacionales en agenda, con premios y con una producción sostenida, resulta legítimo y urgente que las autoridades de la Ciudad evalúen equiparar los salarios de los bailarines y de todo el cuerpo artístico del Ballet Contemporáneo con los del Ballet Estable del Teatro Colón. No se trata de una concesión ni de un gesto simbólico, sino de una correspondencia lógica entre trayectoria, exigencia artística y condiciones laborales.
La Temporada 2026 se anuncia potente y diversa. El desafío, ahora, será que esa potencia no se construya a costa de invisibilizar —ni de precarizar— a quienes, desde hace décadas, sostienen con el cuerpo y el movimiento la historia viva del teatro público porteño.






