A partir de las clases dictadas por el coreógrafo estadounidense Spencer Dennis en la Residencia Danza Mercosur 2026, esta nota propone pensar el miedo no como un límite, sino como una potencia, y la danza como una práctica que se construye tanto desde el cuerpo entrenado como desde las redes —humanas, afectivas y profesionales— que lo sostienen.
Del 26 al 31 de enero se desarrolló la Semana de la Danza en el marco de la Residencia Danza Mercosur, un espacio que durante el verano ofrece talleres intensivos dictados por docentes locales y maestros invitados del exterior. En esta edición, el invitado fue Spencer Dennis, quien brindó clases de danza contemporánea. Como corresponsal de Balletin Dance, pude asistir a sus clases y atravesar la experiencia desde el lugar de alumno, implicado física y reflexivamente en el proceso.
Las actividades tuvieron lugar en el Galpón FACE, un espacio que desde el ingreso proponía un clima de bienvenida y amabilidad. La ornamentación y la disposición general hacían que la llamada Semana de la Danza se viviera casi como un festival: circulación constante de cuerpos, clases que se sucedían, encuentros espontáneos. Las jornadas comenzaban a las 10 de la mañana y se extendían, con una pausa intermedia, hasta alrededor de las 20 hs. Esa modalidad intensiva favoreció un compañerismo palpable, que se filtró también en la dinámica de las clases.
Las clases estuvieron a cargo de Spencer Dennis, artista formado en diversas disciplinas de la danza, con un fuerte trabajo en acrobacia y piso. A lo largo de la residencia compartió su experiencia técnica a través de prácticas que desafiaban la relación con la gravedad, combinando secuencias pautadas con consignas abiertas de exploración física. El foco no estaba puesto en la repetición mecánica, sino en la toma de decisiones desde el cuerpo en acción.
Como alumno, sus indicaciones me permitieron animarme a lanzarme al espacio y a decidir desde el movimiento. Esa invitación fue extensiva al grupo: confiar en las propias capacidades físicas y pensar el miedo no como un obstáculo, sino como una posible excusa para moverse. La caída, el error y la duda dejaron de ser algo a evitar para transformarse en material de trabajo.

En diálogo con Balletin Dance, Spencer se refirió a su vínculo con la danza y a cómo esa relación atraviesa su manera de dar clases:
“Para mí la danza siempre estuvo muy ligada al riesgo. No solo al riesgo físico, sino también al riesgo emocional, a animarse a fallar. Cuando empecé a entrenar más acrobacia y trabajo de piso, el miedo estaba muy presente, pero con el tiempo entendí que el miedo puede ser un motor y no algo que te frene”.
Esta idea se desarrolló de manera concreta durante las clases, donde hizo especial hincapié en que un cuerpo entrenado y con herramientas técnicas es justamente el que puede permitirse arriesgar.
“En clase intento que los estudiantes confíen en su cuerpo. No se trata de hacer las cosas perfectas, sino de lanzarse, de tomar decisiones en el momento. Muchas veces el cuerpo ya sabe antes que la cabeza”.
Pensar el cuerpo como un territorio formado por múltiples técnicas y entrenamientos activos resulta central en este tipo de propuestas. El abordaje de acrobacias de suelo, caídas y desplazamientos complejos requiere un trabajo previo y consciente. En ese sentido, el trabajo de piso ocupó un lugar protagónico:
“Me interesa mucho cómo el cuerpo negocia con la gravedad. Caer, rodar, impulsarse desde el suelo. El piso no es un lugar de descanso, es un lugar activo. La acrobacia y el trabajo de peso aparecen como herramientas para ampliar posibilidades, no como una forma cerrada”.
Más allá del trabajo técnico, la residencia puso en juego otro aspecto fundamental: la importancia de las redes y los vínculos dentro del campo de la danza. Junto a Spencer Dennis y a Sergio Berto, organizador de la residencia, se conversó sobre cómo los contactos no solo generan experiencia, sino que muchas veces funcionan como puerta de entrada a oportunidades laborales dentro y fuera de la escena. La llegada de Dennis a esta residencia fue posible gracias a un vínculo previo con Berto, surgido años atrás en otra experiencia de residencia en Cuzco, lo que evidencia cómo la circulación y el intercambio entre espacios resultan claves para la gestión cultural.

Al respecto, Spencer señaló:
“Las redes no son solo Instagram o las redes sociales, sino las personas que vas conociendo. Los vínculos. Muchas de las oportunidades que tuve surgieron por gente que conocí en workshops, residencias o clases. Viajar, entrenar con otros, compartir espacios abre puertas”.
Al finalizar la última clase, se propuso un momento de reflexión individual y grupal sobre lo transitado durante la residencia. La experiencia permitió escuchar al cuerpo en situaciones de riesgo, tomar decisiones rápidas, pensar el espacio desde una tridimensionalidad por fuera de las pantallas y, sobre todo, reconocer cuánto de la danza se construye en red: entre productores, maestros y alumnos que sostienen el movimiento y lo hacen avanzar, incluso —y especialmente— en contextos desfavorables.






