Anette Delgado y Dani Hernández en Giselle por el Ballet Nacional de Cuba. Foto: Alicia Sanguinetti

Del 28 de octubre al 6 de noviembre se realizó el 25º Festival Internacional de Ballet de La Habana, presidido por en la capital cubana. Durante los diez días se presentaron 67 obras, a cargo de 21 compañías representadas provenientes de diferentes países, con 6 estrenos mundiales y 28 estrenos en Cuba

 

El Festival Internacional de Ballet de La Habana organizado por el , trasciende al escenario. Los encuentros personales, en clases, ensayos, teatros, pasillos, restaurantes y hoteles, dan cuenta de un universo que cada vez está más alejado del mundo contemporáneo. En ese sentido, es un momento de tranquilidad, dedicado exclusivamente al arduo trabajo de la danza, en el que las charlas informales adquieren una dimensión enriquecedora. El público cubano, es un entendido en estas lides, sumamente agradecido cuando siente en carne propia la entrega de los artistas, eso que en algunos horizontes ha dejado de existir, esa comunicación fluida entre la platea y el escenario, ese magnetismo que algunos bailarines pueden mantener hasta la última butaca en lo más alto del teatro.

Eso es ver ballet en Cuba. Una energía que al conocerla, al vivirla, produce una extraña clase de perdición, que perdura durante bastante tiempo y que se traduce en exigir lo mismo en cada espectáculo que se presencia.

Los bailarines cubanos tienen una técnica suprema, realizan cantidad de destrezas, cada generación superadoras, pero lo más interesante es sentir esa energía que podría palparse en el aire. El bailarín hace, el público responde. El público se expresa (se siente) y el bailarín responde.

En las más de dos décadas, que quien escribe ha viajado al Festival de Ballet, las virtudes técnicas han sufrido algunas modificaciones. En 2016 encontraron el equilibrio justo. Las nuevas generaciones de cubanos, radicadas o no en la Isla, que se presentan en el encuentro, cumplen con las demandas de todos, pulcritud técnica, comunicación, musicalidad (extrema y sentida), delicadeza de las féminas y masculinidad de los machos, virtuosismo y desparpajo cuando el rol lo permite, actuación y dramatismo. Las parejas en escena son una agradable y vinculada unidad, siempre que pueden sorprenden con los más ilusorios trucos: la bailarina vuela por los aires, las piruetas de cintura son con una sola mano (invento local del argentino Rodolfo Rodríguez) y los pescaditos giran sobre sí mismos en descomunal cambré.

Normal es ver a un bailarín saltar a dos metros de altura, o hacer diez giros con el mismo impulso en una pirouette, cambiar la posición y la velocidad mientras giran, cambiar la cabeza o los brazos, desplazarse por el escenario mientras giran, la velocidad ha aumentado considerablemente, en fin, son cuerpos adiestrados, que ellos dominan a la perfección (y se divierten mucho con ello).

En el lapso del Festival, los bailarines, los músicos y los técnicos (pueden hacer cambios de escenografía cada día) mostraron tres ballets integrales (con algunas modificaciones respecto de anteriores versiones) y cantidad de galas con fragmentos u obras cortas. Balletin Dance, irá narrándolas en las próximas ediciones.

 

Pocas cosas existen más lindas que ver al Ballet Nacional de Cuba hacer Giselle. La versión de Alicia Alonso tiene varios de los ingredientes que pueden desearse en una puesta. La duración es perfecta en sus dos actos, el equilibrio entre mímica y danza es preciso, el relato es clarísimo, y las willis que siempre fueron identificadas con las luciérnagas (con apenas un tinte verde dado por la iluminación y algunos pocos tules) este año fueron más verdes que nunca. Verdaderamente fue una exageración, para el ex-acto blanco. Pero más allá del color, la gestualidad (entendida como forma y contenido) de los bailarines cubanos al encarnar esta pieza es suprema.

El estilo romántico está afianzado al punto que todas, pero todas, las willis, están siempre en la misma posición y con la misma intensión, de acuerdo a las demandas de la coreógrafa.

Lo protagonizaron Anette Delgado y Dani Hernández, pareja en escena y en la vida real. El tiene el physique du rol exacto para Albrecht y ella se mostró sensible y bondadosa en cada uno de los actos (ingenua joven en el primero y espíritu maduro en el segundo).