10 de octubre de 1971. Un día para recordar

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Día de la danza virtual: 10 de octubre de 2020

Una de las mayores tragedias aéreas ocurridas en nuestro país, fue aquel 10 de octubre de 1971, cuando el avión en el que viajaba un grupo de destacados bailarines del Teatro Colón hacia Trelew se desplomó en el Río de la Plata. La fecha quedó instaurada en nuestro recuerdo como Día de la Danza Nacional.

Como todos los años, el Consejo Argentino de la Danza estará presente para realizar un homenaje, esta vez en forma virtual, a través de las redes sociales, “para homenajear a los nueve bailarines de los más talentosos de nuestro país, integrantes del elenco estable del Teatro Colón, que fallecieron en el trágico accidente aéreo en el Río de la Plata hace 49 años”, señalaron desde el consejo directivo de la Organización.

En el marco de los reconocimientos que el CAD viene realizando, ha confeccionado un video que les rinde homenaje: “Honremos a Norma Fontenla, José Neglia, las dos figuras principales que murieron, representados en la clásica Fuente de los Bailarines en la Plaza Lavalle. Habían colaborado para que la danza llegara a niveles de popularidad insospechados. Los demás integrantes del elenco fallecidos fueron: Antonio Zambrana, Carlos Santamarina, Carlos Schiaffino, Margarita Fernández, Martha Raspanti Rubén Estanga y Sara Bochkovsky”.

La transmisión se realizará el sábado  10 de octubre, a las 11 hs, en directo por el canal oficial de youtube del Consejo Argentino de la Danza y los espectadores podrán interactuar en el chat: https://www.youtube.com/channel/UCy6rVbpQOmvGO38LIeYkXqw

Aquel 10 de octubre de 1971

Memorias de gratitud

por Angel Fumagalli *

Los monumentos grabados, pintados y esculpidos del pasado nos hablan de una danza simbólica pero irrefutable en su veracidad: la Danza de la Muerte. La Edad Media nos ha dejado esas macabras “carolas” donde la Muerte arrastra a todas las criaturas humanas -sin distinciones de rango o edad, virtudes o pecados, inteligencia, ignorancia o genio-, en un gesto igualitario que uniforma lo múltiple y diversificado.

No obstante, el hombre se resiste a esa implacable y cierta igualdad. Se resiste a aceptar un destino común para lo excepcional, para aquello que ama, adora y admira; desde los seres más cercanos e íntimos hasta las criaturas artísticas impregnadas de talento y de gracia.

El hombre necesita la inmortalidad de lo bello como una esperanza imprescindible y rechazo ante la realidad brutal, los interrogantes que ninguna respuesta satisface y la herida siempre dolorosa ante cualquier recuerdo…

De allí la punzante y fina nostalgia que año tras año acompaña un nuevo aniversario de la muerte de nueve integrantes del Ballet del Teatro Colón, en trágico accidente aéreo. Nueve bailarines que, en la leyenda popular, han encarnado el prodigio mismo de la Danza.

Habían bailado para multitudes (luego de hacerlo en el ámbito más exclusivo del Colón), y conformaban una cruzada coreográfica que proponía una suerte de democratización del ballet en escala masiva, intensificando una labor de difusión que otros habían iniciado.

La distancia entre escenario y auditorio se acortaba por la fluida corriente de entrega, y gratitud que fraternizaba y humanizaba a espectadores y artistas en el hecho teatral.

En ese juego de afecto y admiración integrados, cada espectador hacía suyo al inaccesible “Dios de la Danza” que lo deslumbraba desde la escena y lo transportaba a una esfera de ricas emociones e imágenes inolvidables.

La muerte de los nueve bailarines del Colón fue para esa inmensa masa popular el cruel enfrentamiento con una verdad que no había previsto. Fue la desaparición de lo que era hermoso y que, por ello, no debía morir. Fue la destrucción de esos seres humanos que habían aprendido a amar en contacto cálido y directo.

Habían muerto cisnes y sílfides, poetas, príncipes y héroes pero, también, José, Norma, Margarita, Sarita, Rubén, Carlos y Carlitos, Antonio y Martita…

Habían desaparecido los amigos tanto como los bailarines. Y la tragedia fue en el Plata, atrapados por el río color de león de Jorge Luis Borges, quebrando sueños y esperanzas de un pueblo sencillo que aguardaba aún mucho de ellos. Miles de espectadores extraños al ballet nunca los vieron ni los verán; para ellos son ya un mito antes que una página notable del ballet nacional. Son fotografías, ahora patéticas, ornadas de flores o imágenes filmadas que, desesperadamente, tratan de retener lo inaprensible y que el tiempo también borrará. Son nombres pronunciados con voz quebrada y son silencio respetuoso.

El agua acompaña su recuerdo cerca del Teatro de sus afanas y de sus triunfos. Una fuente monumental (“La fuente de los bailarines” como la ha bautizado el lenguaje popular), es el lugar que convoca en cada aniversario a estudiantes, bailarines, espectadores, familiares y amigos, personalidades ilustres y seres anónimos que no olvidan. Unos y otros depositan allí sus flores (similares a las que acompañaban sus noches de triunfo) y dejan depositados una oración o un pensamiento entrañable.

Allí y así vuelven a vivir José Neglia, Norma Fontenla, Margarita Fernández, Carlos Schiaffino, Rubén Estanga, Martha Raspanti, Carlos Santamarina, Sara Bochkovsky y Antonio Zambrana. Sin el peso inerte de bronces y mármoles que no les pertenecen, sino con el estallido dinámico de la imaginación, la fantasía y el unánime fervor a la danza que a todos hermana. ¨


* Angel Fumagalli escribió este texto para Balletin Dance en 1988, como homenaje también a él, es que volvemos a publicarlo cada año.