In Memoriam. Héctor Zaraspe

0
310

Conocí a Héctor Zaraspe cuando todavía bailaba. Viajamos a Mar del Plata, con unas compañeras de la ciudad de Buenos Aires, para aprovechar el seminario intensivo que dictó junto a un maestro de la Juilliard, organizado por Marilyn Mónaco.

¡Qué personaje tan fascinante! Era invierno. Siempre envuelto en un típico poncho argentino, él nos hablaba sobre mucho más que pasos de danza. Tenía por supuesto una técnica pulida, prefería la correcta discreción del movimiento, la consciencia, la disciplina inundaba la atmósfera del salón como muestra de un respeto poco habitual.

Años más tarde, ya como directora de Balletin Dance, junto a Martín Goyburu lo conocimos a través de Otto Werberg, primero por sus cuentos, sus recuerdos y luego en persona. Viajaba todos los años a Argentina y nos juntábamos a tomar un café en cada oportunidad. Un día vino a casa de mi madre, le gustó su escultura “El Lobo” y escuchó tocar el piano a mi hermano mientras compartíamos el té, fue una tarde que recordaré siempre.

A los dos, a Zaraspe y a Otto, les gustaba mucho contar esta anécdota: Otto que dio clases gratis a tantos alumnos y les decía que luego le pagarían enviándole entradas en primera fila cuando fueran famosos (muchos lo hicieron y él no faltaba a ninguna función), tenía en Zaraspe a uno de sus alumnos dilectos. No podía pagarle, pero su madre le enviaba gallinas de su propio gallinero, a modo de agradecimiento y de pago.

Esa solidaridad, esos gestos de humanidad y de generosidad, quedaron grabados a fuego en el bailarín tucumano que llegó a lo más alto de la danza mundial. Pero siempre, Zaraspe recordaba su origen, al punto de crear en el Jardín de la República, en Tucumán, esa minúscula provincia argentina, una Fundación que buscaba a talentosos artistas para becarlos en Nueva York, inicialmente con la cooperación de la Organización de las Naciones Unidas, pero en general, siempre sin ayuda.

Zaraspe se movía por la Fe, creía realmente que todo lo que le había pasado era decisión divina, que había que entregarse a las manos de Dios. 

Lo cierto es que aún siendo un niño, como vendedor ambulante en la estación de tren de Morón, en las afueras de Buenos Aires, el destino quiso que se cruzara con la hermana de Eva Perón (Elisa Duarte) y no dudó ni un minuto en contarle cómo su sueño era ser bailarín, de ballet. A la semana estaba contándole esto mismo a Evita, y ésta es una de las historias que más le gustaba rememorar, ella le consiguió un trabajo en el Correo y el ingresó a la Escuela de ballet del Teatro Colón. Su vida cambiaba para siempre. Allí estudió con Esmée Bulnes y Gema Castillo, entre otros destacados maestros.

Poco después, en 1954, se embarcaba hacia España y luego de un tiempo en Vigo, se animó a Madrid. Como buen creyente fue a pedir trabajo a San Cayetano, para que otra casualidad diera un vuelco en su vida, y al poco tiempo ya estaba dictando clases a las damas de la alta sociedad madrileña.

Ya a partir de entonces las cosas se sucedieron casi sin aviso, lideró el proyecto del Liceo Coreográfico de Madrid, dio clases a Mariemma, bailó con Antonio ‘El bailarín’ y Rosita Segovia. Con ellos fue de gira a Estados Unidos, donde finalmente se radicó.Y al año siguiente (1965) estaba dando clases privadas a Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn.

Y aquí, lógicamente, es cuando más sorprendió a las celebridades del mundo del ballet mundial. ¿Cómo era posible que este joven tucumano hubiese sido elegido por esta inigualable dupla para ser su profesor privado?. Zaraspe contaba algunas cosas de ese vínculo, pero más para satisfacer al interlocutor que por lo que sentía realmente. A quien escribe, no dudó en decirle que darle clase a estos dos genios no tenía virtud alguna para el maestro, ellos trabajan mucho en busca de la perfección, y él apenas tenía que darle algunas sugerencias. Tan humilde ha sido siempre.

Dio clases en la Juilliard School desde 1970 hasta el momento de su retiro formal (35 años después). La emblemática escuela ofrece desde 1998 el ‘Héctor Zaraspe Prize for choreography’.

Su biografía es extensa. Realizó la coreografía de varias películas: ‘I am a Dancer’ con Fracci, Fonteyn y Nureyev (se lo vé a Zaraspe dictando clase), John Paul Jones (protagonizada por Bette Davis y Robert Stack), Spartacus (con Kirk Douglas) y 55 Days in Peking (protagonizada por Charlton Heston y Ava Gardner). Fue coreógrafo y director artístico del espectáculo Tango Pasión que dio la vuelta al mundo. 

Como profesor se desempeñó en Les Grandes Ballets Canadiens, Ballet Nacional de Holanda, Congreso Internacional de Ballet en Colonia (Alemania) y Ciudad del Cabo (Sudáfrica), el Metropolitan Opera de Nueva York,en el Teatro Colón (Buenos Aires), Ópera de Hamburgo, Ballet Internacional de Caracas, Ballet Theatre Français y Ballet Grand Theatre (Ginebra), entre otros.

Recibió numerosos reconocimientos, de los que se mencionan tres premios de la Comisión Fulbright, una beca de la UNESCO con la que él y Fonteyn fundaron la primera compañía de ballet en Colombia, el premio Konex de Argentina, su puesta de ‘María de Buenos Aires’ obtuvo el Grammy Award 2003. Participó de La gala del milenium en el Metropólitan de Nueva York (2000). Recibió la Medalla al Mérito del Consejo Brasileño de la Danza, el Premio del Ballet Metropolitano de Caracas, las Llaves de la Ciudad de Miami y es Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires.

Qué más puedo decir, que agradecer una y otra vez, el privilegio que tuve de haber podido conocer a estas personalidades. Zaraspe fue el primero en decirme: “Agustina, tú, ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso”. Lo recuerdo seguido. 

QEPD maestro.