Ellas, las que Dieron el Salto

Formadas en el rigor de las danzas clásica y contemporánea, descollaron y consiguieron el reconocimiento masivo en la revista, el tango y el teatro musical. ¿Hay lugar para la frustración en ellas? Opinan Cecilia Narova, ‘la Coneja’ y

 

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”, podrían cantar a coro estas mujeres versátiles, parafraseando a Rubén Blades. Vedetes y acróbatas, tangueras e intérpretes de teatro musical, todas ellas se asomaron al mundo de la danza desde niñas, entre tutús y zapatillas de punta, y sin embargo hoy se sienten más cómodas sobre zapatos de taco aguja, bañadas en cristales, envueltas en satén, o bien ocultas detrás de la máscara de algún personaje de esos que permiten aunar el baile con la canción.

Las de hoy y las de ayer, jóvenes y maduras, todas ellas hermanadas por un patrón que se repite: mujeres que iniciaron sus carreras artísticas en el rigor de las danzas clásica y contemporánea, y que, acaso por un designio del destino, un día pegaron el salto y descollaron en el teatro de revista, la comedia musical, la televisión o el tango danza.

La lista es extensa, por cierto. Desde la máxima show woman argentina, Moria Casán, que mucho antes de llegar a la marquesina del Maipo y patentar su “lengua karateca” estudió danza clásica y española, hasta (egresada del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón), Adabel Guerrero (que pasó por la compañía de ), o integrantes de la factoría Tinelli como la coach Georgina Tirotta, Gisela Bernal y la cordobesa Mariana Conci, de presencia destacada en Stravaganza.

Y la nómina sigue: Sandy Brandauer (que ensayó sus primeras pirouettes en la Escuela de Danza Clásica de Bahía Blanca), Daniela Fernández, María Giammaría, Susana Agüero, Sandra Guida (que abrazó el ballet a los siete años por consejo de su pediatra), Marixa Balli, Reina Reech, Lorena Liggi, Andrea Estevez (que llegó a audicionar para el American Ballet antes de sufrir una lesión). Y más: Soledad Bayona (formada inicialmente en la técnica del modern jazz por Margarita Fernández y Laura Roatta), Magui Bravi (otra bailarina que integró las huestes de Urlezaga), las internacionales Laura Lago (de la y Taller del San Martín al Lido de París y al Moulin Rouge) y las siempre recordadas Ambar La Fox, Violeta Montenegro, Ethel y Gogó Rojo, y Nélida Lobato, entre muchas otras.

 

De Morón a París

¿Qué hay detrás de la decisión de torcer el rumbo de una carrera hecha de sueños y sacrificios? ¿Es, al fin, la natural evolución de una artista, o queda una frustración grabada de por vida? “En mi caso todo se dio muy naturalmente”, confiesa ante Balletin Dance Cecilia Narova, cuyo derrotero fue desde la Escuela Municipal de Danzas de Morón, de donde egresó a los trece años, al escenario del Maipo, de la mano de Antonio Gasalla y Tato Bores, y luego a París, con el suceso de Tango Argentino.

“Desde chica quería bailar danza clásica y llegar al Colón. Por eso mis padres me dieron esa formación. Audicioné en varias ocasiones pero nunca quedé. Entonces, mi maestro , le propuso a mi familia ayudarme a entrar en el ballet de Santiago Ayala ‘El Chúcaro’, en el que él ya trabajaba. Fue así que me eligieron y bailé muchos años con ellos, hasta que en una gira por Europa (NdR: marcada por problemas económicos) decidí quedarme en ”, recuerda. El coreógrafo argentino Ricardo Ferrante la introdujo en los espectáculos de revista de la Madre Patria, a la par que Narova estudiaba danza jazz con el maestro , recientemente fallecido. Se lució allí en varios títulos.

Años después regresó a Buenos Aires para audicionar ante Pedro Sombra con la ilusión de trabajar con Gasalla en la meca de la revista porteña. Y una vez más el sueño se hizo realidad. Al año siguiente ya había ascendido a vedete principal y llegó a reemplazar a la mítica Lobato en 1982, cuando su salud resquebrajada la obligó a bajarse del éxito de La Mariposa en el Maipo. En aquella obra la descubrió el escenógrafo , que después, ya como director, la convocó para Tango Argentino, donde interpretó el rol de Milonguita y bailó temas como La Cumparsita y Verano Porteño (junto a Luis Pereyra y Pablo Verón en distintas temporadas). Con quedó inmortalizada en una escena de la película Tango, de .

 

Viajó a España como bailarina folklórica y regresó como vedete consagrada ¿Cómo lo tomó su entorno más cercano?

Mientras yo me sintiera feliz, para ellos estaba todo bien. Mis padres me habían señalado un camino y sabían que no me iba a desviar por trabajar en la revista. Incluso cuando vieron mi primer desnudo yo me sentí un poco mal pero a ellos les cayó bien porque era en un cuadro de baile, que era lo que yo más amaba.

 

No más Reemplazo

También en el caso de Alejandra Suárez, ‘la Coneja’, la imposibilidad de acceder a la compañía del Colón fue determinante a la hora de imprimir un cambio en su carrera. Estudió en el Instituto Superior de Arte de nuestro primer coliseo en “una época en la que no se hacían concursos para ingresar al Ballet. Entonces la edad se me pasaba y yo veía que no tenía ninguna posibilidad de conseguir un puesto”, comenta. Cansada de ser refuerzo de cuerpo de baile cortó por lo sano y buscó nuevos horizontes. Un amigo le avisó de una audición para el musical Sugar, que protagonizaría Susana Giménez en 1986. Se presentó y quedó.

Giménez la llevó luego a la televisión, donde su imagen como asistente de la animadora se hizo popular. De ahí al teatro infantil, sin escalas: primero con Las Trillizas de Oro y Víctor Laplace en Dulces Sueños, en el Liceo, y más tarde en Los Susanos son el Show, con Karina K, Robertino Loras, Rafael Blanco y otros.

 

Además de bailar clásico, usted hizo el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín ¿El pasaje al musical y la televisión lo vivió como un fracaso?

Para nada, lo disfruté muchísimo. Yo quería bailar, hacerme un lugar en el medio, y con Sugar y lo que vino después (Cabaret, entre otras obras) lo conseguí. En el Colón siempre iba a ser un reemplazo. En cambio, en el musical me dieron un lugar y me sentí muy cómoda. Siempre les digo a mis alumnos (hoy dirige su propia escuela en Riviera Park, cercana a Nordelta) que un bailarín con técnica de clásico puede adaptarse a cualquier cosa. Yo puedo dar fe de eso.

 

¿Y sus padres? ¿Cómo lo vivieron?

Para ellos fue difícil, sobre todo para mi mamá. No podía creer que queriendo ser bailarina clásica terminara en la calle Corrientes haciendo comedias musicales. Pero en el fondo yo sabía que nunca iba a ser ‘clásica clásica’. El detonante de mi transformación fue haber visto A Chorus Line (1980) con Susana Agüero, y luego la compañía de Béjart, el Ballet del Siglo XX, con Jorge Donn. Cuando uno es chico está abierto a todo.

 

Otra Salida

“La adaptabilidad lo hace crecer a uno como artista”, analiza Melina Sol Greco, cuyas raíces se hunden en la danza contemporánea pero alcanzó relieve internacional gracias al tango y la acrobacia. “Quedarse encerrado en lo que se estudió me parece súper valorable, pero yo siempre sentí el deseo de investigar en otras áreas para seguir formándome. Son elecciones que una va haciendo, lugares donde va encontrando que se siente cómoda y puede vivir de lo que le gusta”.

“No hay que ver una guerra entre la danza clásica, el contemporáneo, el musical, el tango, el jazz…”, continúa. “Somos todos de la misma familia y cada uno va eligiendo su camino. De ningún modo debería ser frustrante una elección de este tipo”.

Melina se formó en la Escuela Nacional de Danzas y en el Taller del San Martin, y se perfeccionó luego en los Estados Unidos. “Es muy difícil ingresar a una compañía de danza contemporánea porque no hay muchas. Por eso, al darse la posibilidad empecé a hacer shows convencionales de tango (con el grupo Corporación Tangos), luego un musical de tango (Tanguera), y más tarde una obra totalmente acrobática como Stravaganza”, repasa. “Esto tiene que ver con mi personalidad, pero también con una realidad económica. El circuito comercial de trabajo le ofrece al artista otras cosas”.

 

¿Cree que podría haber hecho carrera en una compañía contemporánea formal?

Tal vez ese trabajo no coincida con mi perfil. Soy muy inquieta, por eso después de salir del Taller no me atrajo la idea de integrar algún grupo independiente hasta que surgiera una propuesta de una compañía grande. Rápidamente encontré otra salida. Nunca me sentí frustrada. Lo mío fue una elección muy consciente y con verdadero placer.

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Daniel Sousa
Licenciado en Periodismo (USAL). Integra desde hace dos décadas la redacción del Diario La Prensa y colabora en las revistas Fortuna, Buenos Anuncios, y en el Diario Perfil. Asesora a diversas empresas y proyectos artísticos en materia de comunicación. Escribió en las revistas Ohlanda, Buzz y Off. Ligado a la danza desde su niñez, fue miembro del Ballet Salta y realizó giras al exterior con distintas compañías de tango y folklore.