El Cuerpo, ¿Tiene Memoria?

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“Cuando estás danzando en grupo, se sincronizan todos los cerebros”, dijo Silvia Copelli. Foto . Leconsag

Expertos del ámbito de la investigación, psicología y de las Ciencias Biológicas ligados al mundo de la danza conversaron con Balletin Dance sobre las claves para recordar coreografías

 

Los músicos cuentan con una partitura o pentagrama para guiar su interpretación. Pero a los bailarines, ¿quién los ayuda a memorizar las coreografías? A menudo se escucha la frase “el cuerpo tiene memoria”, como si se tratara de una premisa indiscutible. Sin embargo es el cerebro el que recuerda.

“El movimiento del pie o de la mano no está en mi cabeza, lo que hay es una representación mental, un concepto de ese movimiento. Yo lo guardo mejor en mi memoria si lo descompongo”, dijo el profesor titular de la cátedra Teorías del Aprendizaje de la (UNA), Eduardo Corbo Zabatel. Por eso, es importante segmentar los pasos y registrar los diversos momentos de la danza para poder conservarlos en la memoria. “El bailarín debería tener una visión global del movimiento como resultado de su fragmentación”, detalló el psicólogo. En esta línea, cabe aclarar que para fortalecer la retención, también es importante la actividad metacognitiva que, en términos de Corbo Zabatel, “es una reflexión consciente sobre qué es lo que hice yo, cómo fue que di éste paso, cómo llegué acá”. Recordar coreografías supone la activación de los circuitos neuronales, casi como si el baile estuviera siendo ejecutado.

Otra cuestión clave es que aquello que se ha aprendido debe ser reproducido reiteradamente. La memoria a corto plazo está vinculada al hipocampo, parte del cerebro donde se generan neuronas (neurogénesis). “Muchas veces, esas redes neuronales no se establecen en el tiempo, quedan un lapso determinado. Tiene que pasar algo en el cerebro para que perduren a largo plazo”, comentó la licenciada en Ciencias Biológicas y danza/movimiento terapeuta, Silvia Copelli. Una de las cosas que posibilita la permanencia de esas redes es la repetición.

“Cuando pasamos y pasamos un movimiento, las zonas más conscientes de la memoria pueden dejar de actuar”, explicó la licenciada en Psicología, Débora Rabinovich y agregó que “prácticamente, funciona una zona de hábito y entonces el cuerpo lo hace directamente”. Balletin Dance conversó con ella, que además tiene formación en danza, en su breve paso por Argentina. La profesional está radicada en Canadá, donde realizó una maestría en medicina experimental en la prestigiosa Universidad Mc Gill. Asimismo, es investigadora en el área de Cerebro, Cognición y Conducta Humana de la Universidad de York (en Toronto). Allí, se llevó a cabo un estudio, dirigido por el profesor Joseph De Souza (publicado en la revista PLOS ONE). El experimento permitió analizar la manera en que bailarines profesionales de ballet aprendían y memorizaban una coreografía y cómo, a través del tiempo, variaban las regiones cerebrales que se activaban. Para eso, se emplearon equipos de resonancia magnética funcional (fMRI), que permiten estudiar al cerebro en movimiento. Lo cierto es que observaron cómo el área motora suplementaria, ligada a la programación y coordinación de secuencias de movimientos complejos, incrementaba su activación cuando los participantes realizaban un esfuerzo cognitivo consciente por recordar la pieza. Luego, cuando la secuencia ya había sido memorizada, esa zona se desactivaba. “Esto es lo que los bailarines registramos como ‘el cuerpo tiene memoria´. En realidad no es literalmente el cuerpo, es la mente… pero uno no necesita los mecanismos consientes”, reveló Rabinovich.

Tanto la automatización de los procesos como la expertise posibilitan la realización de predicciones. Así lo observó el psicólogo Lucas Sedeño, uno de los autores del estudio realizado en La Fundación Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) y publicado en la revista NeuroImage. El trabajo, liderado por los investigadores Lucía Amoruso y Agustín Ibáñez, buscaba probar qué sucede a nivel cerebral cuando se observa una acción y, para eso, utilizó al tango como instrumento. Se comparó lo que pasaba cuando expertos, principiantes y gente que nunca lo había bailado miraba videos de esa danza, algunos de ellos con equivocaciones. “Lo que detectamos es que había una actividad cerebral distinta en los tangueros con respecto a los principiantes incluso antes de que observaran el error”, expresó Sedeñó y aclaró que “ellos tenían un esquema motor de cómo tenía que empezar ese paso para terminar [correctamente], que ya anticipaba una violación incluso cuando se iniciaba”.

El área motora suplementaria (marcada por la flecha) se activa cuando los bailarines realizan un esfuerzo cognitivo consciente por recordar la pieza

El otro y la memoria

Para aprender una danza es fundamental estar motivado, porque el interés despierta la atención y las ganas de captar todos los detalles. Entonces, se comienza por imitar al docente o a los compañeros. Para eso, existen las neuronas espejo que se activan al ejecutar u observar la ejecución de una acción por parte de otra persona y que permiten entender su intención y sus sentimientos. “Estas neuronas se prenden en las mismas áreas del cerebro que la persona que ejecuta el movimiento. Para poder comprender el movimiento que está haciendo un bailarín, mi cerebro baila como él”, describió Silvia Copelli. Esto permite explicar la empatía que se genera entre los compañeros de una pieza, que ayuda al artista a salir adelante si se olvida una parte de la coreografía, por ejemplo. “Cuando estás [danzando] en grupo, se sincronizan todos los cerebros”, detalló la profesional y agregó: “el público también está bailando con vos. El cerebro de cada uno de los participantes se enciende exactamente igual que el del bailarín”.

En fin, solos o acompañados, los intérpretes despliegan su destreza sin tener que realizar un gran esfuerzo mental. Pero esto no ocurre de un día para el otro: se trata de un procedimiento de construcción y adquisición de la habilidad. Ese proceso es el que les permite dejar de pensar en el paso que viene y poder fluir, soñar… danzar.