Una Especie de Familia

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Diego Ramos, en su debut como director teatral, conjuga emoción y risas en ‘Falsettos’, una obra musical sobre los vínculos afectivos, con un elenco de primer nivel

 

Puede ser que, a priori, la historia parezca anacrónica. Ahondar en los dilemas de un hombre adulto, padre de familia, que se enamora de otro varón, y asistir a los intentos que realiza por mantener unidos a sus afectos (esto es: esposa, hijo púber y amante joven) tal vez suene demodé en plena era del matrimonio igualitario.

El panorama cobra otra dimensión al situarse la acción en los años ‘80 y por tratarse de una familia de tradición judía, condimento éste que pareciera atormentar más a la madre y al hijo adolescente que el padre errático y confundido.

Sobre la base de este núcleo familiar de sólidos lazos que parecen resquebrajarse, más el jovencito/amante de la discordia y un psiquiatra que más que ayudar complica las cosas, se construye esta obra musical de los estadounidenses William Finn y James Lapine que resultó un suceso en Broadway, donde se estrenó en 1992 como parte de una trilogía.

Aquí, Falsettos marca el debut del actor Diego Ramos en la dirección teatral y señala el nacimiento de una veta profesional del artista que, sin duda, habrá que atender (para agosto ya promete el estreno local de Tommy, el musical de Broadway con música de The Who). El resultado obtenido por Ramos es tan gratificante que el cuestionamiento moral queda reducido a una anécdota y los vínculos entre esos seres altamente sensibilizados ganan el primer plano. Si en lugar de un hombre, el controlador y demandante Marvin se hubiese enamorado de una señorita, lo mismo daría. La cuestión acá es si resulta posible elegir un camino sin sufrir las consecuencias de esa decisión.

La trama avanza entre canciones de complejo andamiaje vocal y coreografías que han sabido aprovechar el espacio acotado que ofrece el escenario del teatro Picadilly, donde la obra se ofrece en una única función semanal, los días viernes. La dirección musical de Santiago Rosso y la vocal, de Sebastián Mazzoni, obraron maravillas en los cinco actores, que surfean airosos una partitura que por momentos resulta enrevesada en exceso. Sin embargo, no hay pasos en falso en el elenco, que mezcla frescura y profesionalismo en las dosis justas.

Alejandra Perlusky (Trina) y Christian Giménez (Marvin), como los padres de familia, emocionan al dejar traslucir sus sentimientos, que transitan del enojo a la comprensión, con múltiples matices. Tomás Wicz (Jason) como el hijo adolescente ya ha dejado de ser una promesa del musical argentino para convertirse en un valor consolidado, dueño de una garganta prodigiosa. Siempre efectivo, Julián Pucheta (el psiquiatra Mendel) maneja como al dedillo el timing de la comedia musical mientras que Ignacio Francavilla (Whizzer, el amante), con su porte y aspecto infranqueable, es toda una revelación.

Desde lo coreográfico, Vanesa García Millán ha puesto a los cinco en pie de igualdad evitando que se noten eventuales desniveles en cuanto a la formación en danza. El baile forma parte aquí del juego de narrar una historia que, aunque fuera de su tiempo, termina dejando un mensaje sobre los mandatos sociales, la aceptación y la solidez de los vínculos humanos.

Una última cosa: es impagable el descomunal despliegue de Perlusky en la escena en la que cocina mientras repasa el cuadro general e intenta descargarse. De lo más hilarante de los últimos años en el teatro musical, sin duda. La platea estalla con ella.

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Daniel Sousa
Licenciado en Periodismo (USAL). Integra desde hace dos décadas la redacción del Diario La Prensa y colabora en las revistas Fortuna, Buenos Anuncios, y en el Diario Perfil. Asesora a diversas empresas y proyectos artísticos en materia de comunicación. Escribió en las revistas Ohlanda, Buzz y Off. Ligado a la danza desde su niñez, fue miembro del Ballet Salta y realizó giras al exterior con distintas compañías de tango y folklore.