En el thriller musical El Pacto conmueven y con su interpretación de dos jóvenes sin límites en la Chicago de los años ‘20. El diseño coreográfico de , pleno de sutilezas

 

Puede que le sobren algunos minutos, o que el espectador más avezado vislumbre cómo ha de resolverse el conflicto apenas promediando la representación. Quizás podría haberse escarbado más a fondo en la personalidad de Nathan Leopold, un muchachito homosexual y sumiso en la Chicago de los años ‘20, incapaz de sofrenar los arrebatos delictivos del desquiciado Richard Loeb, su amo y señor, su inasible objeto de deseo. Pero estas son sólo consideraciones al margen para introducir El Pacto, una obra que coloca una vara muy alta en la escena local del teatro musical.

Alumbrada en el off Broadway, la pieza escrita por Stephen Dolginoff (libro, música y letras) se revela al público argentino en una versión adaptada por Marcelo Kotliar y dirigida por Diego Ezequiel Avalos, de una intensidad y con un abanico de recursos dramáticos que provoca una verdadera conmoción en el público. Son varios sus puntos fuertes. El primero, sin duda, la carnadura que Leandro Bassano y Pedro Velázquez consiguen darles a sus conflictuadas criaturas. Es tal la entrega, el compromiso que asumen, que no hay en ellos el más mínimo fuera de registro en las casi dos horas de función en el teatro Border. Verdaderamente se sumergen en la psiquis de esos jóvenes de vida disipada que jugando a ser Dios superan los límites más elementales de la decencia y el comportamiento social.

Nathan (Bassano) se desvive por un Richard (Velázquez) que lo usa y lo desecha a cada paso. No logra romper la dependencia afectiva que lo hunde en un abismo que -se verá luego- no tiene retorno. Richard, en cambio, goza de transitar por la cornisa de lo legal tanto como de sentirse deseado y no corresponder. Ambos son el resultado de una orfandad dolorosa, carente de los valores afectivos más elementales.

Personalidades tan complejas en su constitución psicológica requerían de actores capaces que asumir tan enorme compromiso. Y no sólo eso: por tratarse de un thriller musical, además debían cantar y bailar con dignidad. Bassano y Velázquez transitan por esas aguas con la naturalidad de quien ha rumiado y hecho suyos esos lenguajes. Cuesta imaginar otros rostros para estos personajes.

A su lado, el pianista Gaspar Scabuzzo realiza una labor sobresaliente con una partitura de gran relieve. Vestuario y utilería colaboran en situar el relato en su tiempo, mientras que la imaginativa escenografía de Luli Peralta Bó y Tatiana Mladineo resulta funcional a la acción. El diseño coreográfico de Gustavo Wons, en tanto, subraya la sutileza del juego corporal en la pareja protagónica, sin cargarla de pasos o secuencias. Destaca, no obstante, en uno de los puntos más altos de la puesta, cuando Nathan y Richard construyen una versión distorsionada de los hechos que los llevan a juicio, que traducen con maestría al lenguaje del zapateo americano.

Artículo anteriorQuilombo en Buenos Aires
Artículo siguienteConcursos y festivales
Daniel Sousa
Licenciado en Periodismo (USAL). Integra desde hace dos décadas la redacción del Diario La Prensa y colabora en las revistas Fortuna, Buenos Anuncios, y en el Diario Perfil. Asesora a diversas empresas y proyectos artísticos en materia de comunicación. Escribió en las revistas Ohlanda, Buzz y Off. Ligado a la danza desde su niñez, fue miembro del Ballet Salta y realizó giras al exterior con distintas compañías de tango y folklore.