Caja de Luz

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Roces, Leder y Lugones en contrastes de luz. Foto: Carlos Furman

El ámbito de la escena, se trate de un escenario tradicional o un espacio no convencional, se ve porque está iluminado y, por lo general, no nos detenemos mucho en el fenómeno de la luz que lo baña y nos permite ver. En el Teatro Sarmiento se estrenó Phantastikón, de Leticia Mazur, espectáculo creado en el marco del programa Artista en Residencia

 

El título del trabajo podría traducirse del griego como “de lo fantástico”, esto es, relativo a lo que va en la ilusión o el sueño, captado por el “espíritu”; hoy debemos considerar que mejor sería describirlo como cosa mental. Por cierto, los colores son producto mental, no existen como sustancias color, son lo que captamos por la disposición de nuestros aparatos oculares, particularmente sensibles a los colores luz: rojo, verde y azul, como las bolitas de Telefé.

Mazur juega con esto. Juega con la luz (Matías Sendón), pero también juega con las disposiciones escenográficas (Rodrigo González Garillo). Luz blanca, roja, verde, azul y oscuridad. Dispositivo escénico de planos móviles que, en sus variaciones, construyen aberturas, profundidades, ángulos, a modo de una arquitectura cambiante con sugerencias de puertas, ventanas y escenarios acotados.

La coreógrafa, apoyando su trabajo en un dispositivo sonoro (Patricio Lisandro Ortiz) que compone climas y pone canciones, despliega varios estilos: tap, jazz, contemporáneo, performance. Con este anclaje, más un vestuario (Belén Parra) que contrapone la neutralidad del blanco con detalles creativos que refuerzan las imágenes corporales desplegadas, la obra redunda en una suerte de divertimento que recorre estas maneras de baile y presenta, entre los tres intérpretes, relaciones simples que aportan contrastes, competencias, imitaciones.

El efecto de la luz, y su consecuencia para la mirada del público, hace eje de la pieza. Con el simple recurso de mandar haces azules, verdes o rojos, en distintas combinaciones, la simultaneidad de sombras coloreadas y la incidencia de la luz blanca dominante, o la oscuridad de su ausencia, Mazur arma un discurso que superpone el movimiento, la iluminación y la cambiante espacialidad escenográfica. A un tiempo aparece lo representado en baile y lo que la luz hace, es decir, se es testigo de la obra que muestra cómo construimos desde la mirada. Juego que parece mera ilusión al tiempo que es netamente concreto.

Momentos en tríos, detalles en dúos, solos, en función, fueron transitados con excelencia por los intérpretes (Samanta Leder, Pablo Lugones y Eugenia M. Roces), sólidos en sus aportes y técnicas y expresivos en sus gestualidades.

Phantastikón, con la simpleza de sus recursos, exactamente a la vista, y la complejidad de las visones que habilita, aunado esto a una riqueza kinética continua que incluye pausas y un buen manejo de dinámicas y variaciones rítmicas, constituye un juego dancístico y visual que, como los divertimentos musicales, abre alegremente impresiones cambiantes con libertad dentro de la caja de luz de la escena.